4 de enero de 2010

Todos somos K

“Una mañana nos despertamos en Estados Unidos y él me dijo que iba a dictarme un poema, al que le puso un título en alemán, Ein Traum, que quiere decir un sueño. Es un poema muy breve donde el protagonista es Kafka. Borges siempre corregía, vivía corrigiendo. Ese poema me llamó la atención porque al cabo de dos reediciones no lo había corregido. Entonces yo le pregunté: ‘Pero Borges, qué extraño. Corrige todo y eso no’. Y él me dijo: ‘Ah, no puedo, porque ese poema no es mío, ese poema me lo dictó Kafka en un sueño, no es mío, es de Kafka, entonces yo no lo puedo tocar’. Y es el único poema en toda su obra que jamás fue corregido”. María Kodama, viuda del escritor Jorge Luis Borges y directora de la fundación homónima, en una nota con Radio Praga.

Josef K fue detenido una mañana, una mañana cualquiera; una mañana que quizás no hubiera elegido él pero una mañana que quizás nunca existió. Una vez iniciado el proceso, desaparece lo pasado a este y su vida pareciese haber contenido desde siempre el encierro del proceso. Lo atemporal, el infinito, la postergación constante del fin, lo condena a la esclavitud del proceso. A un proceso, que desde los expertos, nunca tendría fin y cuya acusación nunca será descubierta. Como si un día, sin saber como ni porque, nos lanzan a un infinito camino de piedras ardiendo que no nos mata pero tampoco nos deja quedarnos parados. El proceso en si confunde constantemente y atemoriza al personaje, dependiendo de terceros de los que no puede confiar pero que son su única salida visible. Es un camino que en vez de agrandarse se achica, una herida que lejos de cerrarse se abre; es infinito.
Kafka nos plantea un mundo que no tiene escapatoria. No hay una salida posible ya que estamos ciegos en este mundo; notamos que estamos en otra realidad pero no la entendemos y por eso estamos sin ver. Como si viviera en un shock constante, carente de reacción, Josef recorre este camino sin entender mucho y entendiendo cada vez menos casi concluyendo que cualquier decisión que ha tomar no le ayudará. El abogado lo tendrá en una espera infinita, el pintor solo le brinda soluciones mediocres; porque no hay una salida. ¿Porque no hay una salida?
Porque no hay una entrada. Simplemente por eso. El guardián le dice al campesino: “Está entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.”. El campesino no entra por miedo a los otros guardianes y a este mismo, pero es un miedo vacío porque no sabe si los guardianes lo van a parar o no. Solo hace caso a lo que este le dice y se queda. Esperando una solución de quién sabe. Deja su vida en un banco, sin ni siquiera intentar pasar una vez.
El mundo kafkiano es una ilusión, es una ilusión creada para confundir y convencer que debes dejar guiarte por otro en un proceso que no sabes si existe. No hay una puerta a este proceso, por lo menos nunca sabes si la cruzaste ni la has visto, simplemente crees estar en el porque el sistema te lo dice. Josef K no acepta al principio estar en un proceso pero lentamente lo van convenciendo de pensar lo contrario y termina aceptando que tiene uno. Como si la condena precediera a la causa. Primero te dictan que tienes un proceso, sin causa aparente, y luego aceptas que tienes uno aceptando de esa manera tu culpabilidad.
El proceso es una jaula que nunca tocas ni ves pero que aceptas que estás dentro, es una sueño que aceptas como real porque otros te dicen que es real.
Ein Traum
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)
Lo sabían los tres.
Ella era la compañera de Kafka.
Kafka la había soñado.
Lo sabían los tres.
El era el amigo de Kafka.
Kafka lo había soñado.
Lo sabían los tres.
La mujer le dijo al amigo:
Quiero que esta noche me quieras.
Lo sabían los tres.
El hombre le contestó: Si pecamos,
Kafka dejará de soñarnos.
Uno lo supo.
No había nadie más en la tierra.
Kafka dijo:
Ahora que se fueron los dos he quedado solo.
Dejaré de soñarme.


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